Pinto la vida como me gustaría que fuese.
Norman Rockwell

Viviendas prefabricadas de diseño

Dos sueños muy frecuentes a los 12 o 14 años:
Cuando sea mayor tendré una casa como a mí me gusta.
Cuando sea mayor seré arquitecto y haré casas que gusten a mis clientes.

Dos situaciones más que habituales a los 30:
Si consigo la hipoteca compraré un piso que no sea demasiado caro.
Si gano este concurso construiré estos pisos según las reglas del mercado.

Aunque ambas realidades a los 30 suponen un medio hacia fines más gloriosos, en muchos casos ambas situaciones acaban siendo el propio fin. El arquitecto, que quería ganar algún dinero y cierto prestigio para, con el tiempo, llegar a hacer lo que realmente le gusta; y el hipotecado que ya con un niño en camino resuelve conseguir otra hipoteca y otro piso con un dormitorio más, pues estos siempre son pocos.

¿Qué produce el desencuentro? Evidentemente ambos personajes están hechos el uno para el otro; y los hay en cantidades suficientes, de un bando y del otro, para suponer que el encuentro debería ser frecuente, y hasta inevitable en muchos casos.

No hay espacio en estas páginas para enumerar los miles de motivos que seguramente existen. Por otra parte, francamente, no los conozco lo suficiente. Quizás entonces ayude alguna promesa que deparan algunas experiencias individuales, muy poco frecuentes en estos lares pero realmente populares y exitosas en otros países.

Se trata de viviendas prefabricadas de diseño. Esto de “de diseño” es un mote que intenta despegar a estas prefabricadas de aquellas, las que uno puede con todo el derecho del mundo asociar con debilidad, pobreza, marginalidad, precariedad, etc. Y realmente el mote es necesario, porque estas nuevas casas que se construyen en talleres y se montan sobre el terreno como si fuesen de papel poseen propiedades estéticas, mecánicas y funcionales que superan en mucho (insisto, en mucho) a las viviendas convencionales. Pero hay una ventaja más, más importante que todas las anteriores juntas; es la que tiene que ver con nuestros dos personajes del principio y es la que describo a continuación:

Las hay para todos los gustos, todo lo contrario que en los monótonos y estandarizados pisos accesibles de producción convencional. Esto ocurre porque el piso estándar está concebido para un usuario que no existe, un usuario tipo que reúne las características sintetizadas estadísticamente de millones de usuarios de carne y hueso. La casa prefabricada, en cambio, está pensada para alguien, para quien fuera, porque siempre habrá gente suficiente que le guste exactamente esta casa, la compre y se la lleve a su lugar. El arquitecto puede entonces obrar como el artista que es, como quien pinta un cuadro o escribe un libro, pues no es necesario responder a los requerimientos de ningún promotor. El arquitecto sólo necesita que siete personas, sean de donde fueren, se enamoren de su casa, y eso siempre se consigue.

Ilustro con algunos ejemplos que no son de aquí, porque aquí prácticamente no existen. Quizás no sean de su agrado, pero ¿No cree acaso que de mil ejemplos, en lugar de tres o cuatro, alguno podría conquistar su corazón?
Los ejemplos los he tomado de arkinetia.com, allí encontrará detalles de cada uno y algunos ejemplos más. Valga también una salvedad: La técnica de prefabricación no es exclusiva para casas hechas en serie. Los arquitectos que diseñan en base a la prefabricación pueden crear, dentro de ciertos márgenes, casas a medida para cada cliente. En general las casas prefabricadas tienen un costo menor que las convencionales y son más duraderas y más aislantes. Además pueden trasladarse a otro terreno.